miércoles, 14 de noviembre de 2007

Canción del Pasado V

Recordaba cuando comenzó en la milicia, patrullando con sus compañeros los túneles, haciendo aburridas y largas guardias, pero como si sintiera que le estaba observando su padre, que a veces, ignorándolo, era cierto, se mantenía alerta y despierto, luchando contra el hambre, la sed y el sueño con todas sus fuerzas. Recordó su primer enfrentamiento y cómo su padre había olvidado su pequeña escapada e incursión a una parte algo abandonada de los túneles. Había ido con dos amigos, Freid y Gurson, en busca de un extraño símbolo, aunque en realidad era para demostrar quién era más valiente llegando más lejos. Ambos se marcharon varios metros antes, mientras Kurgnor se mantenía firme y resuelto aunque por dentro la inquietud le corroyese. Casi se queda blanco para toda su vida, pelo incluido, del susto que le dio un minero al encontrarle. Meneó la cabeza reprobador y cuando le iba a llevar de vuelta vio una figura esquiva y achaparrada que se movía de forma sospechosa, con un impulso se lanzó y cuando estuvo cerca se sorprendió que era un goblin, furioso, hirviéndole la sangre por las numerosas historias que había escuchado le golpeó repetidamente hasta no dejar rastro de vida de su escuálido cuerpo, así también obtuvo su primera cicatriz pues el goblin portaba una daga y le había hecho un corte en la caída. Cuando el minero se lo contó al padre, éste, le miró con unos ojos que hasta que no se hizo mayor no supo entender, tal recuerdo le hacía sonreír.


Ese arrojo se mantuvo en los siguientes años, sobre todo en la milicia, pero siempre con cabeza. Además de su amistad creciente con los mineros, a los que gustaba escuchar y compartir el delicioso sabor de la cerveza en la boca junto a una buena historia hizo que finalmente le admitieran entre las filas de los rompehierros. Su dedicación fue absoluta, alejando las travesuras de antaño junto a algunas correrías de joven. Sus amigos salieron un día de expedición, se despidieron cantando entre jarras de cerveza.


Penetró entonces en el oscuro mundo de los túneles solitarios, ayudándose en todas las historias que le habían contado para mantease en su sitio, pertrechado hasta el más mínimo milímetro de su cuerpo con buen gromril forjado. Su fiel martillo, su tío se lo regaló ceremoniosamente cuando ingresó en los rompehierros. Había dedicado largos años de cuidadosa espera guardándolo para ese día, pues no tenía hijos. Ni siquiera sabía ni le importaba si era mágico, era de su tío y lo guardaría y cuidaría en extremo, dándole un merecido uso. Ese uso fue contra los goblins y skavens exploradores que recorrían los túneles.


Uno de los días salió junto a otros rompehierros y unos mineros a reparar una sección de túnel. Alertas y precavidos marcharon por la oscuridad, iluminados apenas y casi sin necesidad por las velas de los cascos de los mineros. El túnel era una sección que era muy inestable y dada a los derrumbes, pero cerca había un corredor que se quería reabrir, despejado de enemigos ya, para su uso en las comunicaciones de la ciudad. Montaba guardia en su puesto, alerta y con su martillo, Rompealmas, como la mayoría de veces el tiempo transcurría mientras los mineros hacía su peculiar trabajo, en los que, de vez en cuando, saciaban su sed bebiendo de sus cantimploras con cerveza. Sintió un pequeño temblor, eso le inquietó y miró alrededor para hacerles un gesto a los mineros, estos no le dieron importancia y continuaron. Poco después una fuerte sacudida hizo desplomarse parte de la sección, entre alaridos y maldiciones atrapando a varios mineros. Corrió rápidamente para ayudar en el desescombro, echando de vez en cuando algunas miradas para evitar ser sorprendidos en el peor de los momentos.

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