lunes, 12 de noviembre de 2007

Canción del Pasado IV

La sección de piedra se cerró y con ella les separó de los skaven, inspeccionó el lugar y vió una sala ancestral protegida por runas y símbolos arcanos. El sacerdote rúnico estaba maravillado y no paraba de moverse de un lugar a otro sin cesar. Encendieron pequeñas luces y fuegos para ver mejor. Aquél lugar irradiaba respeto, solemnidad y antigüedad. La sala era muy amplia, de unos treinta metros por cincuenta y el techo se perdía en la oscuridad de las alturas, de pulidas losas perfectamente encajadas, de grandiosas columnas de un gran grosor, talladas minuciosamente. Algunas estatuas de los dioses, Grungni, Grimnir y Valaya y algunos héroes custodiaban y presidían el lugar. En la cabecera de la sala, una amplia plataforma se elevaba sobre el suelo, a la que se accedía por medio de una larga escalera. Un altar de piedra tallada con runas y símbolos sagrados enanos coronaba la plataforma, allí, tenuemente iluminado reposaba un gran libro. Habían hallado algunas reliquias perdidas y ese tomo era sin duda de un valor incalculable. Aparte, había varios pergaminos cerca del tomo. Investigaron todo y tomaron la resuelta decisión de que todo aquello debía de llevarse a la seguridad de los muros de Khufbar.


Tras asegurarse de que los combates habían terminado, encontraron un acceso lateral y con sumo cuidado inspeccionaron la sala en la que se había batallado. Al parecer la presencia de los enanos había atraído más atención de lo esperado pues un grupo de orkos se había acercado hasta el lugar y encontrado con los skavens desarrollando el posterior enfrentamiento en otro lugar, desde dónde se podía aún escuchar los ecos de su proceso. Aprovechando tal situación, recogieron a los caídos y los llevaron a la sala recién descubierta, una vez hecho y con las reliquias y documentos encontrados marcharon de nuevo de regreso.

Una vez de vuelta, la alegría y la pena fueron a pares iguales, se brindó con grandes cantidades de cerveza y canciones por la heroica muerte del matador y la recuperación de tan valiosos objetos. El sacerdote rúnico se llevó casi todos excepto un pergamino que le entregó a Kurvar por su actuación. Aunque con la promesa de devolverlo, Kurvar asintió y le dio su palabra. Asimismo se compusieron algunas expediciones más para terminar de honrar a los caídos como merecían y extraer todas las reliquias y documentos, al igual que conseguir un nuevo cargamento de gromril.

Una vez en su hogar saludó al jovencito Kurgnor quién se hallaba practicando con ahínco con el martillo. No pudo evitar una nota de orgullo ante la tenacidad y coraje demostrados por su vástago. Ya tenía una barba rojiza decente en su mentón, pronto se convertiría en un enano hecho y derecho con sus obligaciones. No quiso distraerlo y saludó a su esposa, esperando a la hora de la cena para reunirse todos. La velada fue tranquila y veía cómo el carácter gruñón que tenía se iba contagiando en gran medida en su hijo a la par que éste crecía.

Se estaba ensanchando de hombros, su musculatura haciéndose férrea y abultada, su estatura era buena, ligeramente superior a la media y su mirada dura, crítica y decidida. Respetaba como buen enano profundamente a los ancestros y a sus mayores. En un par de años tendría la edad suficiente para ingresar en el ejército. Su esposa no decía nada al respecto mientras callaba y observaba, quizás juzgando mucho más duramente que él mismo.
Fueron pasando los días, en los que se puso a leer el extenso documento que había conseguido. El interés fue creciendo cada vez más, a medida que transcurría el tiempo. Éste hablaba de varias reliquias de un par de héroes perdidas hacía milenios, grandes objetos de poder desaparecidos en el las prefundidas de algún lugar ignoto. Y narraba las hazañas de estos, embelesado y completamente atrapado por lo que aquél pergamino contaba. Algo ajado y totalmente amarillento, daba signos de su antigüedad, mientras sus runas grabadas eran de un estilo y calidad maravillosas.

Los años pasaban y Kurgnor crecía para convertirse en un enano hecho y derecho, su barba era ya más que aceptable. Ingresó en el ejército un día corriente y comenzó su duro entrenamiento, pero su padre, Kurvar, no se hallaba presente para verlo. Hacía una semana que se había marchado sin decir a dónde, envuelto en misterios. Aunque algo preocupado, después de varios años viéndole así no le dio excesiva importancia al asunto.

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