Dos miradas se entrelazaban, observándose mutuamente mientras que dos corazones latían, ardían, corrían acalorados, al unísono llenos de alegría. Pero una sombra acechaba, reptando silenciosa, cruel y despiadada, cubriéndolos lentamente. Afuera, un sonido se escuchó, la magia se rompió y ambos guerreros se vistieron con simples túnicas y aferraron sus armas para ir a investigar a la pequeña ventana, a través de unas rendijas en las contraventanas de madera, apartando las cortinas de seda, lo que vieron en el exterior les dejó helados.
Un grupo de guerreros, acompañados por dos brujos, estaban arrasando el poblado en el que se asentaba la posada en la que se hospedaban. La sangre manaba y teñía todo a su alrededor, surgiendo a borbotones de profundas y letales heridas de los cuerpos de los aldeanos. Un grupo de guardias intentó algo, sin éxito, inútilmente, al primero, tres certeras y mortíferas flechas de grises plumas perforaron pulmones y corazón. Al segundo, un jinete le dejó empalado y atravesado por su lanza a una pared, dejándolo ahí colgado, dejando una sombra de sangre en la anteriormente blanca pared, llegando hasta la arena del suelo que bebía ávida el icor carmesí. El tercer fue el que sufrió el peor destino, tuvo la loca idea de cargar contra uno de los brujos, quién hizo brotar negra magia de oscuras formas que se arremolinaba en torno a manos y brazos, fijando su sádica vista en el desdichado guardia. Cargado su embrujo, lo liberó con una sonrisa en sus finos labios, la muerte reflejada en sus gélidos ojos, impactando de lleno en el cuerpo del soldado. Este se retorció, con expresión agónica en su curtido rostro tostado por el inclemente sol del desierto, mientras las impías energías liberadas le arrebataban brutalmente el alma inmortal de su cuerpo y la entregaban a voraces demonios del abismo.
Con semejante demostración de fuerza y poder, los pobres aldeanos intentaron desesperadamente huir, pero pobres infelices estaban rodeados, era imposible escapar. A lomos de sus corceles o a pie, el sonido metálico y el resonar de cascos llenó por completo las calles de la pequeña población. El fuego comenzó a lamer las paredes y construcciones, devorándolo todo a su voraz paso, elevando el humo hasta las alturas, proclamando a los cuatro vientos el destino de la masacre que se estaba produciendo.
Ambas miradas, sin necesidad de contacto alguno, se tornaron duras y aceradas, la expresión torva y grave, decidiendo sin tener que compartir una sola palabra, que tenían que intervenir. El la besó a ella, dulcemente, ella sintió en su corazón un estremecimiento, intentó retenerlo, alzó la mano pero se quedó en el aire. Sabía muy bien que no podría, era de la misma pasta que ella, iría, plantaría cara, su acero en mano, ardiendo la sangre con el frenesí de la batalla. Le vio equiparse con su armadura rápidamente, mientras ella hacía lo mismo más lentamente.
Magbur -“Ve por el otro lado, si ves problemas vete”
No dijo nada más, no era necesario, algo más profundo e intangible que las palabras los rodeaban, les hacía entenderse, tras eso, se marchó mientras ella terminaba de armarse. Una risa escalofriante la detuvo antes que pudiera acompañar a Magbur, una figura salio de entre las sombras, esbelta, mirada fría, ropas finas y oscuras, casi ceñidas al cuerpo, dos largas y afiladas dagas que brillaban tenuemente en la estancia, sus ligeros pasos como el viento no se escuchaban. Su piel morena apenas resaltaba entre sus vestiduras. La mano de Ikhara se cerró firmemente entorno a la empuñadura de su arma, mirando con dureza a la asesina.El aire cálido descendió de temperatura ante la intensa mirada que se prodigaban la asesina e Ikhara, moviendo despacio los pies, apenas levantando el fino polvo que se asentaba sobre las losas del suelo, un leve susurro, el acero brillando, expectante, ansioso. La respiración de ambas contenida, la dureza de la mirada gélida como el hielo y dura como el acero. Los ojos de Ikhara recorrieron veloces a su adversaria, evaluándola, sus dos dagas tenían un filo ligeramente aserrado, y por su aspecto no parecían envenenadas, esperaba que fuera así, no había peor muerte para un guerrero que morir bajo los efectos de un veneno.
Dio un paso adelante, la otra tensó su cuerpo como una gata erizada, una daga arriba, otra abajo, pinza y cola, llamaban a esa postura. Pues le iba a enseñar la garra de una leona cimmeria. Firme, decidida, con cautela, se inclinó a un lado, despacio, la espada interpuesta entre ella y la asesina, embrazando el escudo, poniendo los nudillos en blanco, controlando su ira, dejándola fluir lentamente, como una presa con pequeños hilillos de agua que se filtran por sus huecos. Pronto estallaría, pero antes que llegase tal momento crítico, probaría a ver qué tal era la habilidad de la asesina.
Y rápida cómo un relámpago se lanzó la asesina, rodando por el suelo, lanzando una sucesión de golpes, plantando los pies, Ikhara hizo frente a aquella acometida con un muro de acero, sus ojos moviéndose a la velocidad del rayo. No tardaron sus labios en esbozar una cruel sonrisa, era buena, muy buena, pero no lo bastante, pero, justo en ese hilo de pensamiento, una punzada de dolor estalló en su cabeza, furiosa miró, comprobando que tal insignificante distracción había sido aprovechada por la asesina para dejar una larga y fina estela rojiza, un corte sin importancia, un aviso, no habrían dos. Cargando como un mamut enfurecido, resonando el acero en movimiento, impulsó su cuerpo hacía adelante, la asesina se preparó, plantó Ikhara un pie y apoyó todo su peso en el, para fintar y moverse a la derecha, movió el escudo a tiempo para que dos golpes precisos impactaran en el, saltando las chispas y temblando este.
Con un giro de espada, golpeó a su oponente, el acero vibró en el aire, buscando morder la carne, pero sólo el aire le salió al encuentro, quedando este dividido en dos. No paró Ikhara en su iniciativa, siguió agitando el aire golpeando sin cesar, haciendo retroceder o desviar con ambas dagas algunos de sus golpes, los ojos de la asesina revelaron cierto pánico. Inesperadamente, arrojó una de las dagas hacía Ikhara, pero ella no se detuvo, clavándose ésta en uno de sus muslos, gruñendo e ignorando el dolor que le ascendía desde la pierna, avanzó para empujar con el escudo hasta pegarla a la pared a la asesina y acto seguido tomar impulso el brazo y hundir la hoja de su espada ascendentemente, sintiendo cómo el acero penetraba lentamente y cada vez más profundo el cuerpo de su oponente, sintiendo cómo la cálida sangre que manaba empapaba su mano, goteando al suelo. Con la respiración agitada, liberada ya parte de la ira que acumulaba, la preocupación se hizo hueco en su interior, dejando deslizarse el cuerpo inerte al suelo, liberó su espada y se puso en marcha, quitándose la daga y vendándose improvisadamente la herida.
Avanzando despacio, chasqueó la lengua, la herida no era grave pero le impedía avanzar tan rápido como le gustaría. Tras salir de la habitación, miró por el pasillo, encontrándose a dos sirvientes degollados y a un par de bandidos destripados por el camino mientras descendía las escaleras. Los chillidos y gritos del exterior sonaban apagados, no se encontraba bien, maldijo por lo bajo, algo sí que tenían las dagas, escupió al suelo, maldiciendo la impía alma de la asesina muerta. Se encaminó despacio hacía la puerta, apoyándose ligeramente en el marco, la estancia estaba revuelta, la mayoría de sillas rotas, los cojines de seda de varios y vivos colores desperdigados, las botellas caídas, rotas y con su contenido manchando el suelo, mezclándose con la sangre derramada de los asesinados.
Un par de antorchas entraron por una de las ventanas y el hueco de la puerta, yendo a caer sobre algunos cojines y cerca de las ricas telas que colgaban de las paredes, prendiéndose vorazmente enseguida. Un espeso y acre humo comenzó a llenar la sala, lagrimeando por los vapores, vio horrorizada una estampa que se le quedo de inmediato grabada a fuego en su mente, en su alma y en su corazón. Afuera, de pie, tras un reguero de muertos, estaba desafiante Magbur, acero en mano, enfrente de uno de los brujos y el líder de los bandidos. Al resto no se le veía por ningún lado, muertos por la bravura y habilidad del guerrero, pero el daño ya estaba hecho, apenas quedaba algún alma en pie y las casas eran presa del más voraz de los fuegos.
Bajo del caballo el líder de los bandidos, un hombre alto, de tez oscura como el ébano, de cuerpo muy musculoso, con una gran hacha esgrimida a una mano, pieles adornaban su armadura, oscura, de mallas con algunas partes de placas de metal. Magbur y el líder bandido se miraron, alzaron sus armas, comenzaron a intercambiar golpes, uno tras otro, saltando las chipas de ambas armas al entrechocar, el pelo de Ikhara se le erizó, sintió las oscuras energías fluir, miró, pálida, sudorosa, casi sin fuerzas al brujo, que entonaba uno de sus conjuros, no pudo sino mirar impotente cómo lo ejecutaba y lanzaba, dejando paralizado a Magbur lo suficiente para que el gran hacha del líder bandido cayera pesadamente sobre su cuerpo, destrozándolo, penetrando profundamente, arrebatándole la vida. Unas manos la sujetaron, miro y eran unas sirvientas, aterradas, con las pocas fuerzas que le quedaban se dejo guiar, sin poder dejar de mirar atrás, sintiéndose desolada por dentro, el corazón roto, sangrante por aquella pérdida irreparable. Se ocultaron, en un almacén secreto, los pocos bandidos que restaban terminaron de saquear aquello y se marcharon, Ikhara se sumió en una profunda negrura.
La recuperación fue un poco lenta, la respiración se hizo más regular a medida que transcurría el tiempo. Terribles pesadillas acudían a su dolorida mente para acosarla rememorando una y otra vez
la muerte de Magbur a mano de aquellos bandidos. Si no hubiera sido por la asesina y su maldito veneno, habría estado a su lado y hubieran salido victoriosos de aquél enfrentamiento. Mil veces ardiese el alma impía de aquella bruja estigia, aquella asesina en manos de pérfidos demonios. No sabría decir cuanto tiempo paso entre delirios, pero su cuerpo, fuerte, forjado en duras pruebas, salio de aquél trance, despacio, fue abriendo
los ojos, parpadeando varias veces, acostumbrando su vista a la intensa luz proveniente de una tea. Movió la cabeza, que le pesaba como si llevase un yunque en ella, vio a una de las sirvientas, la ropa desgastada, con algunos remiendos, algo de sangre reseca en uno de sus hombros, leves moratones en brazos y cara, se imagino frunciendo el ceño por lo que había tenido que pasar la joven, que tendría no más de veinte primaveras. Inspiró profundamente, se palpo detenidamente, estaba desnuda, busco por la habitación y encontró tanto sus armas como su armadura y su ropa. Silenciosa, despacio, como el viento que acaricia las hojas y las remueve sin hacer ruido, así se incorporó apartando las sábanas viejas y andando, notando el frío y húmedo suelo bajo sus pies. Se vistió despacio, mirando de tanto en tanto a la joven, tenía ojeras, los ojos ligeramente hundidos de muchas noches en vela, las mejillas marcadas, de negaciones y privaciones de comida, seguramente involuntarias.
Una vez vestida y armada, le tocó suavemente el hombro, con gesto amable, la muchacha a pesar de todo se sobresaltó, Ikhara esbozó una sonrisa, leve, no podía hacer más, no con el estado de su interior. Una vez la muchacha recobrada del susto, la observó y sonrió aliviada, levantándose y yendo a una pequeña cesta de mimbre, de su interior saco un paquete envuelto en paños, tendiéndoselo a Ikhara, quién al cogerlo y abrirlo vio comida preparada, algo de chacina y queso. Quedándose pensativa, cogió algo de queso y chacina, el resto se lo dio a la muchacha, que algo azorada pero con un brillo de alegría en sus oscuros ojos, comió ávidamente lo que le tendía.
Ikhara-"¿Qué ha pasado mientras he estado inconsciente?"
Muchacha-"Quemaron y saquearon, se llevaron a algunos como esclavos, luego se marcharon. No queda nadie más que yo y Ishnai, mi compañera"
Ikhara asintió, la voz de la muchacha era ligeramente nasal, no del todo desagradable, se ajustó las correas y abrió la pequeña trampilla de madera que daba al almacén de la posada. Alerta, haciendo crujir los peldaños de madera tosca bajo su peso, vio cómo apenas quedaba nada en pie, estaba arrasado. Cadáveres carbonizados o colgados de los restos, otros medio devorados por las bestias, ando por entre las ruinas calcinadas del poblado arrasado. Con el corazón encogido, fue andando despacio, temerosa de lo que pudiera hallar, pero, para su sorpresa, no estaba su cuerpo. Alarmada, lo buscó por todas partes sin hallarlo, entonces, al mirar a la muchacha, esta le indicó un pequeño túmulo a las afueras, bajo un menhir labrado y antiguo. Observó con ojo crítico la obra, suspiró, a falta de mejores medios, mal no era el lugar, nunca había orado, Crom no admite tales debilidades, en su lugar, en un susurro sólo para sus oídos y el viento que se llevó las palabras, dio un último adiós a aquél guerrero. Preparó lo poco que tenía, se abasteció de agua y emprendió su viaje, ya nada la retenía allí, lugar al que nunca volvería.
El viento removía sus cabellos oscuros, sus pensamientos eran ominosos, más oscuros todavía, el viaje había sido arduo, estaba llegando de noche a Khemi, la última gota de agua de su cantimplora se la había bebido aquella mañana, tenía los labios resecos y le ardía todo el cuerpo. Tenía arena hasta lugares que no creía conocer hasta ese momento, sus ojos ardían aún más que el horizonte en aquél abrasador lugar. Los guardias, estoicos por naturaleza, no terminaron de decidirse si lo que estaban viendo que entraba era un humano o un demonio, pero no quisieron salir de dudas, dejándola pasar. Sin dedicarles ni siquiera una mísera mirada, Ikhara avanzó hasta la primera posada que encontró, la Taberna de la Serpiente, bufó al ver el cartel de madera que colgaba y tras suspirar recorrió los pocos escalones que daban al interior. Una vez traspasó las puertas de labrada madera, con ricos motivos, dejo atrás al posadero, ubicado detrás de la amplia barra, mirándola con ojos escrutadores y temerosos, se paró Ikhara un momento, recorriendo con la vista la amplia sala común, llena de cojines, enrejados de madera, sedas y camareras con poca ropa. Localizó un lugar libre, algo apartado y se sentó en los mullidos cojines de suave tacto y colores diversos. De inmediato una solícita camarera, sonriente, se le acercó. Alzó sus dos ojos como carbones encendidos, hielos humeantes, a lo que la camarera dio un paso atrás, de sus labios resecos, de su lengua rasposa por la sed surgió una única e imperiosa palabra.
Ikhara-"Cerveza"
La camarera, deseosa de alejarse, asintió y se marchó corriendo, trayendo al poco una enorme jarra de espumosa y fría cerveza, Ikhara la observó con avidez, sonriendo, cerrando los ojos y vaciando el contenido, suspiró más tranquila, miró a la camarera y esta entendió de inmediato que le trajese más. Esta vez volvió con cuatro jarras, Ikhara asintió conforme y sacó de su saquillo de cuero un par de monedas de plata.
Ikhara-"Trae también comida, lo que sobre para ti"
Ante el brillo y la generosidad de Ikhara la camarera se relajó, más solícita que antes y le trajo una bandeja con viandas varias. Ya más tranquila, se dedicó a saciar su sed y hambre, su aspecto, cubierta de polvo del desierto, amplia armadura sólida, escudo y espada, así como su fiero semblante, daba clara señales, que no pocos advirtieron, que no quería ser molestada y que de hacerlo alguien, lo lamentaría. Pero, a pesar de ello, siempre están los bravucones o los borrachos. Y precisamente un bravucón borracho se acercó medio tambaleándose a ella, y echadole su fétido aliento que apestaba a alcohol y otras sustancias mucho menos agradables se dirigió a ella, el silencio se hizo en la sala.
Borracho-"Ej tú..ghuapa..¿qhuire.ssss sabeee lo quee un hoimbre de vie.. rdaaa..? ji ji ji.."
Sin mirarle, frunciendo el ceño, sacó una daga y con un rápido gesto se la clavó en la rodilla, haciendo que gritase como un cerdo desangrándose, quedándose inclinado, le cogió de los pelos húmedos y grasientos y con el guantelete enfundado en su mano cerrada en un puño lo descargó de pleno en su nariz, notando cómo esta se quebraba y manaba sangre en abundancia. Con un tirón del brazo alejó al borracho que quedó tumbado en el suelo rezongando y maldiciendo, las risas estallaron y las conversaciones se reanudaron de nuevo, aunque atentos ojos tomaron nota de lo sucedido. Una vez terminó de comer, se levantó y salió a la calle, con el objetivo en mente de dirigirse a la pequeña sede que tenía su Orden en la ciudad.
La noche era oscura, la luna y las estrellas parcialmente ocultas por una banda de nubes pasajera, no era buen presagio, el polvo levantado por el fuerte viento le daba un tono rojizo a la luna al contemplarla, se derramaría sangre aquella noche. Mirando a los lados con desconfianza, la mano en la empuñadura de su espada, el escudo colgado en su espalda, tapándola por completo, le ofrecía protección contra ataques por ese lado. Las calles, barridas por la arena y el viento nocturno, aparecían bastante desiertas, eso no le gustaba a Ikhara, sus pasos resonaban ligeramente mientras avanzaba, a lo lejos, difuminada, la sombra de las antorchas de algunos guardias de patrulla, siguió caminando, mirando recelosamente a los lados y a algún tejado también. De fondo, ahogados, se escucharon unos gorgoteos, no les prestó atención, siguiendo su camino, doblando algunas esquinas y entrando en un pequeño arco abovedado de piedra entre las casas de adobe. Entonces vio a un grupo de matones acosando a una joven estigia, de ropas amplias y finas, algunos velos coloridos, una bailarina. Mientras se acercaba despacio, sujetando la hoja de su espada para que al desenvainar no hiciera ruido escuchó un retazo de la conversación que estaba teniendo lugar.
Matón-"...vamos preciosa, baila para mí.."
Matón2 -" Déjalo ya , es una ramera, con las rameras no se tienen miramientos"
Unas risas se escucharon, contabilizó unos seis, una proporción desmedida, pero se tendría que apañar sólo con esos pocos. Avanzó decidida, viendo cómo uno de los matones, de ropajes estigios, unos estibadores del puerto por su indumentaria, intentaba sujetar por el brazo a la joven. Esta pareció algo contrariada, sin saber aparentemente cómo tomar la llegada de Ikhara, a la que había descubierto antes que el resto.
Ikhara-"Yo que tú no haría eso, largaos"
Los hombres se quedaron quietos unos instantes, luego se miraron y se echaron a reír, sonriendo lobunamente sacaron porras y algunas dagas, Ikhara decidió que ni merecía la pena el esfuerzo de sacar el escudo. Así que cargó hacía adelante, sesgando el cuello de uno de los matones de un rápido tajo, destripando a otro de otro tajo en el vientre, para posteriormente hacer un giro con el arma y de un golpe ascendente amputar el brazo del arma a otro, dio un paso atrás y descargó la hoja de su espada entre el cuello y el hombro, enterrándola profundamente, apoyó una bota de acero en el estómago y tiró con fuerza, agachándose para esquivar un golpe y dándole un puñetazo en la entrepierna, para luego con la rodilla asestarle en pleno rostro. Sonriendo, apoyó la bota sobre el pecho, sujetándole y enterrando profundamente y de forma lenta y dolorosa la hoja de su espada en su cuerpo, entre los gritos de agonía y dolor del matón. Escuchó un gorgoteo a su espalda, se giró y vio a uno de los matones con el cuello rajado, desangrándose y con las manos manchadas de su propia sangre intentando contener en vano la mortal hemorragia. Detrás, con cara de inocente, la bailarina, parpadeó al verla encogerse de hombros y sin poder reprimirse estalló Ikhara en carcajadas. Limpió su arma y la envainó, indicándole que la siguiera, caminando juntas hasta un pequeño sótano, acogedor, bien amueblado, escondido de miradas indiscretas, la habitación, refugio y hogar de la bailarina.
-"Bienvenida a mi hogar, mi nombre para los que me conocen es Nasshira, alabado sean los hilos del Destino que me te trajeron a mí. ¿Quieres té, agua, vino..?"
Ikhara-"No gracias, Nasshira, mi nombre es Ikhara, tienes cara de estar informada"
La aludida sonrió enseñando una ristra de perlas blanquecinas por dientes, asintió, ambas se sentaron, acomodándose, algo en el interior de Ikhara, su intuición femenina y de guerrera experta, le decía que hasta el punto adecuado, era de fiar.
Nasshira-"Estoy en deuda de sangre con vos, me habéis salvado la vida. Si puedo hacer algo, lo haré, lo que sea"
Ikhara alzó una ceja ante la forma de pronunciar las últimas palabras, negó con la cabeza rechazando tal proposición. Su semblante se tornó grave y oscuro.
Ikhara-"No, lo que necesito es información, de ciertos individuos a los que quiero ver muertos y no de cualquier forma"
Nasshira asintió, ahora la veía mejor, con una pequeña falda de hilo negro, una blusa oscura, piel morena, fina, brazos y piernas fuertes, constitución atlética, delgada y fibrosa, su rostro era anguloso, hermoso, con ojos ambarinos, brillantes e inteligentes, observadores, realzados por un maquillaje o tatuajes de color negro en su rostro, enmarcado por unos cabellos rojizos como el fuego. Si hubiera sido un hombre el deseo hubiera brotado como en un incendio. Su voz era melosa, melódica y modulada, bien trabajada, sonaba igual que un riachuelo para el sediento.
Nasshira-"Te conseguiré lo que pides, mi honor está en juego, ahora, descansemos"
Le agradaba, no sabía porqué, pero era así, a pesar de todo, incluido la mención al honor, su rutina como guerrera y aventurera la hizo dormir con el arma cerca, en un duermevela constante, reparador a medias pero suficiente para descansar y despertarse al mínimo peligro. La mañana llegó con noticias, el desayuno y una alegría, charlando mientras desayunaban, Nasshira le indicó que había averiguado el paradero del brujo y del guerrero, se habían separado. Mientras pensaba qué hacer, charlaron amistosamente, conociéndose un poco más. Aún debía de reponerse del todo, necesitaría de todas sus fuerzas para acabar lo que había empezado.
Nasshira abrió sus ojos lentamente, parpadeando ante la luz que hería sus sensibles ojos, le dolía la cabeza y el costado, apenas consciente observó el techo de madera y paja, olió el humo del hogar que ardía, preparándose algún tipo de suculento alimento que le hizo revolver su estómago gruñendo, pidiendo comida.
Al girar la cabeza pudo observar el interior espacioso de una choza, sentada frente al fuego, vestida con unos pantalones, unas botas y una túnica de piel todo, dejando el largo cabello negro y espeso cayendo libremente por su fuerte espalda, Ikhara giró la cabeza y al verla despierta sonrió levemente. En sus ojos parecía haber una nota de tristeza.
Ikhara-"Veo que te has despertado, me alegro, la comida estará pronto lista
Nasshira-"¿Cuánto tiempo llevo durmiendo, dónde estoy?"
Ikhara-"Estás en mi casa, en la aldea de Conarch. Has estado durmiendo durante cuatro días, esa araña te dio duro y el veneno no ayudó mucho"
Nasshira alzó las cejas, rió suavemente notando cómo tironeaban las vendas y la herida de su costado, decidió no levantarse, aquél simple gesto le había hecho que todo le diese vueltas, se recostó de nuevo, sintiendo la suavidad de las pieles sobre su cuerpo, se dedicó, tras cerrar unos instantes los ojos, a recorrer la estancia.
Esta no era excesivamente amplia, ni lujosa, vio la armadura de la guerrera, limpia y colocada en una percha. Un par de cajones de madera, un pequeño armario y poco más era todo el mobiliario que poseía. Alzó un poco la piel que la cubría y vio que estaba desnuda, miró alrededor y descubrió su ropa y dagas bien dobladas y a la vista, al alcance de la mano, en el suelo. Se palpó la herida, contrajo el gesto, tardaría algo en sanar, Ikhara se incorporó y le acercó un humeante cuenco de madera con una cuchara, con una sonrisa Nasshira lo aceptó y devoró su sabroso contenido. No dejó de reparar en que Ikhara apenas probaba bocado, su rostro estaba ligeramente macilento, con ojeras, signos de haber llorado amargamente y su cuerpo con indicios de haber descuidado su alimentación.
Nasshira-"¿Ocurre algo?"
Ikhara alzó su mirada triste y algo perdida del fondo del cuenco apenas tocado y suspiró con un gran pesar en el gesto.
Ikhara-"Mi hermano, mi única familia, ha muerto estando yo fuera"
La forma de decirlo, y siendo quién era, decidió Nasshira que era mejor el silencio por respuesta, asintiendo y terminando su comida. El cuerpo, cansado y todavía sin reponer del duro combate sufrido, la reclamó para un profundo sueño al que abrazó con una sonrisa contenta de sumirse en la agradable negrura.
El tiempo pasó y pudo levantarse, observando cómo Ikhara se marchaba mucho tiempo para volver llena de sangre y exhausta, con la mirada perdida y el rostro grave. No entendía ni entendería jamás a los cimmerios y más a aquella peculiar guerrera, pero la había salvado una vez más de las garras de la muerte, cuando saldaba su propia deuda matando a los asesinos del guerrero que amaba Ikhara, aquella maldita araña no había entrado en sus planes y Set le había bendecido, o maldecido, con una vida más larga. Entonces, decidió ayudarla, preparando la comida y tinas de agua limpia para que se lavase.
Ikhara no conocía el reposo, las duras y cruentas luchas a las que se lanzaba no conseguía calmar a su espíritu dolido. Mientras seguía en la distancia a la asesina en su búsqueda, tratando de devolver la deuda contraída con ella al haberla salvado en Khemi. A su vuelta, salvándola, irónicamente, de nuevo, conocedora de la región y sus peligros, de una muerte envenenada, se había enterado al regresar de la muerte de su hermano, en batalla, gloriosamente por las heridas sufridas mientras una montaña de cadáveres de vanires estaban tendidos a sus pies. Habían podido recuperar la espada de su familia, habían rechazado un feroz ataque gracias a su intervención, había honrado el nombre de la familia. Le habían enterrado con honores, como a su padre, ahora sólo restaba ella, nadie más.
Volvía de una de esas casi suicidas salidas, incursiones casi al corazón de los vanires, matando sin cesar, tiñendo su espada de sangre hasta rebosar, empapada en ella, embotada casi y llena de heridas y restos de sus enemigos muertos, pero aún así, con los corazones de muchos vanires encogidos ante el temor de su posible regreso, no hallaba paz alguna. Tras bañarse y limpiar su armadura y arma en un gélido estanque, formando volutas de humo su aliento, meditaba mientras se cubría con una gruesa piel. Sentada en una roca pelada, miraba al infinito mientras se preguntaba sobre su vida y Destino. Ninguna voz le respondió, ninguna respuesta le llegó, nada, sólo el vacío más absoluto, ni las riquezas que había cosechado ni las muertes y victorias conseguidas, nada de eso le llenaba.
Se miró en el reflejo de la hoja de su propia espada, distorsionada por su forma, ninguna lágrima acudió esta vez, simplemente no quedaban, ellas también se habían marchado, también la habían abandonado. Suspiró, viendo cómo las finas estelas de humo blanquecino se deshacían en el aire a media que ascendían. Algo dentro de sí prendió al observar aquello, dentro de su roto interior algo comenzó a germinar, a forjarse, a arder. Se incorporó altiva, serena y fuerte como nunca, volviendo a su hogar tras hallar las respuestas que en silencio se había formulado.
Allí, en su choza, limpia y cuidada, encontró a Nasshira, quien la recibió con una cálida sonrisa, Ikhara se la devolvió entrando y tras cerrar la puerta de madera, enseñándole unos cuantos pellejos de vino y un gran trozo de carne. En silencio, prepararon la comida y se sentaron mientras comían y bebían, al acabar, Ikhara miró con ojos llenos de luz a Nasshira.
Ikhara-"Como no pienso seguirte allá a dónde vayas, salvándote de los peligros en los que te metes con tu idea de saldar la deuda, voy a acogerte, a apadrinarte cómo si fueras mi hermana menor"
A Nasshira casi se le cayó la copa de vino de las manos, sorprendida, sin saber qué decir, finalmente sonrió y asintió conmovida por dentro.
Ikhara-"Ya no me debes nada por tanto, toda deuda saldada, sobre mi recae ahora un gran peso. Cuando esa tarea acabe, quiero que te ocupes tú de todo"
Nasshira, sin entender al principio, alzó sorprendida las cejas primero y asintió después, aceptando lo que se le pedía. Alzaron ambas sus copas y brindaron, bebiendo sin parar, riendo y contándose chistes hasta caer borrachas y rendidas, mañana sería otro día.
Ikhara estaba cansada, sudaba copiosamente, le temblaba el brazo, los dos últimos años habían sido agotadores, casi sin poder hacer nada, gastando lentamente sus ahorros, conseguidos con duro esfuerzo, sangre y sudor, acero y muerte. Ahora estaba recuperándose de todo aquello, a sabiendas que Nasshira se ocuparía bien de todo.
Miró alrededor, en la arena yacía un cadáver, una masa informe, un demonio invocado sólo para enfrentarse a mí, una dura prueba, al menos eso creían ellos. Había costado más de lo esperado, pero sólo era porque estaba en baja forma, en condiciones normales hubiera podido enfrentarse a tres de aquellas bestias con soltura. Ahora le había costado horrores el poder matarla. Sin embargo, ahí estaban, los vítores y aclamaciones, eso sin duda les llamaría la atención. Había oído susurrado sus nombres, ciertas hazañas logradas, en pequeñas escaramuzas y asaltos. También en más de una taberna por las escenas que montaban, arrasaban con la cerveza, acosaban a las camareras, se emborrachaban y peleaban, cantando, coreando su canto, su himno tan particular.
Escupió al suelo, saliva y sangre, fruto de un golpe de revés del dorso de la mano de la bestia, le había hecho sangrar el labio. Encaminándose lentamente, con el crujir de la arena bajo sus botas de metal, dejo atrás el graderío de mármol, situado a varios metros, por encima del muro que impedía que nada que luchase abajo escapase trepándolo. Vio distintas caras, rostros, nobles y plebeyos, contrabandistas y mercaderes, gritando, coreando su nombre, alzó su espada ensangrentada, haciendo que el volumen de sus voces se incrementase. Salió de allí, cansada, andando, miró al organizador, mostró una mano, con la palma hacía arriba. Sonriente, satisfecho por un excelente combate, le hizo entrega de su bolsa de dinero, bien ganada.
La armadura había quedado limpia, la hoja de la espada brillante, el escudo reparado, su piel sin rastro de sangre ni suciedad. Bajó las escaleras de la taberna de Armsman, en el barrio noble de Tarantia. Crujiendo ligeramente los escalones de madera, manchados por la bebida derramada, se asomó al bullicio de la actividad de la taberna, entre los bancos de madera, sentados, había un grupo nuevo, les miró atentamente, a cada uno, apoyada en el marco de la entrada. Eran cinco, dos de ellos le sonaban, no hacía mucho había estado en una ciudad, a medio construir, Messala la llamaban, dos de ellos eran de allí. Había otros tres, un arquero, con pinta de desarrapado, otros dos le acompañaban, se reían, bebiendo cerveza, había ya en la mesa veinte jarras vacías, la camarera apenas daba abasto.
Una duda acudió a su mente, ¿podrían ser ellos?, lo cierto era que tenía sed, sonrió lobunamente, mientras se ponía a andar parsimoniamente, interceptando a la camarera que portaba una bandeja llena de jarras, la paró y sin más agarró una de las jarras, llevándosela hasta los labios y bebiendo un largo trago que la dejó vacía, luego cogió otra y ya más tranquilamente se dirigió hacía la barra, pero entonces, una voz reclamó su atención.
-"Ejh, t´ñu guapa..eza cerveiza eeeeee mia...hip"
Me giré, observando a quién me interpelaba, alcé una ceja, tranquilamente, segura de mí misma, dominante, el otro, borracho, se fijó mejor y esbozó una sonrisa lasciva.
-"Ahh, no sabfia yooo que habíaj cozas tan buenas, que tej dabia yoo una cosza por entre ezos muusjloos que..."
Negando con la cabeza, le estampé la jarra en la sesera, dejándolo inconsciente en el suelo, regándolo con cerveza y cogiendo varias jarras de la barra y llevándolos hasta la mesa desde dónde sus compañeros que se reían a carcajada limpia. Uno de ellos dijo algo que no llegué a escuchar, pero el de enmedio le contestó dándole una sonora colleja.
-"Cállate Shander..., ¿y bien?"
Le miré y dejé las jarras en la mesa, acercándole una un poco a quién me había hablado.
-"Mi nombre es Ikhara, ¿y los vuestros?, a esta invito yo"
Mientras me sentaba, me fueron contestando uno por uno, Belik, Halsam, Shander, entre otros. Halsam y yo nos miramos fijamente, él parecía a todas luces el líder de aquellos hombres, duros, curtidos, mercenarios por su aspecto.
-"Bien, Halsam, quiero entrar en los halcones"
Aquello dejó en silencio a todos los presentes, mirándome Halsam con suspicacia, sólo él hablaba entonces.
Halsam-"Suponiendo que seamos nosotros ¿quién te lo ha dicho, porqué querrías entrar?"
Ikhara-"Para quien sepa preguntar y escuchar, vuestras acciones no dejan a nadie indiferente, incluso han puesto precio a vuestras cabezas en algunos lugares. Quiero entrar por unas sencillas razones, cerveza, oro, acero y sangre"
Halsam se quedó meditando la respuesta de Ikhara, posando la vista en cada uno de los presentes, en unos ojos astutos, de rapaz. Belik inclinó suavemente la cabeza, afirmativamente, Shander estaba mirando una mosca que se había metido a bañarse en su cerveza, finalmente volvió a mirar a Ikhara.
Halsam-"Sólo una condición"
Ikhara-"¿Cuál?"
Halsam-"Enseña esas grandes tetas"
Ikhara-"Antes te dejo la garganta rajada"
Halsam-"Me temía una respuesta así. Entonces, el resto de rondas pagas tú"
Ikhara-"Eso está mejor, dalo por hecho"
Halsam-"Bien, halcones, tenemos a una nueva hermana, camarera, cervezas, que no escaseen, invita ella"
La noche pasó llena de cerveza, canticos, bromas, intentos de meterle mano a Ikhara, ojos morados, contusiones y una buena deuda que se llevó casi todas las ganancias que había conseguido en la arena, pero había conseguido su propósito, entrar en la misteriosa banda mercenaria.
viernes, 7 de noviembre de 2008
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