miércoles, 30 de mayo de 2007
Ritual
Los rayos de Amateratsu brillaban con fuerza mientras estaba sentada en una de las ramas principales de mi árbol favorito. Había estado ejercitándome duramente, mi pecho subía y bajaba con rapidez. Aún no me había recuperado, una intensa carrera que disfrutaba en mi descanso. Necesitaba pensar, meditar, la mano me picaba mucho, pero lo ignoré, ignoraba todo, todo a mi alrededor. El momento crucial estaba cerca, por el que había invertido horas de duro esfuerzo, falta de sueño, protestas que quedaban atrás bajo la atenta y severa mirada de mi sensei. Mi madre siempre lejos, nunca presente, su ausencia era mi compañía. Ya ni siquiera mi hermana jugaba conmigo, apenas tenía tiempo, todo era entrenamiento, meditación, preparación. Y daba lo mejor que tenía dentro, luchando por mejorar, esforzarme y superarme. -“Un, dos, tres…Diez!...”-resonaba mi voz juvenil en mi mente. -“Otra vez!...”- Fue la respuesta inclemente de mi sensei. Unos pasos resonaban en la extensa llanura, haciendo resonar la hierba que se mecía, doblegándose a la voluntad caprichosa de los vientos que soplaban. Me giré y parpadeé, pues me sorprendió ver a mi hermana allí, altiva y severa, mirándome con dureza, parecía enfadada y de las veces que nunca la había visto. -“Baja ahora mismo, deja de comportarte como una niña” Me negué en redondo, agité mi cabeza y mis cabellos salieron disparados hacía un lado y otro. Eso le irritó más aún de lo que estaba, no entendía nada, se agachó y esgrimiendo una piedra como amenaza volvió a gritar. -“¡Baja he dicho!, soy la mayor y me tienes que obedecer”- ante mi negativa la piedra voló rauda surcando con presteza el espacio que nos separaba. Sentí el impacto en mi hombro, perdí el equilibrio y me fui deslizando hasta el suelo, sintiendo cómo caía flotando en el aire hasta que cerré los ojos inundados estos por una ráfaga de estrellas blancas. Me sentía muy mareada, el kimono se había estropeado. Sentí unas fuertes manos que me incorporaban, una dulce voz grave que me atendía. Abrí los ojos, era Akodo Itsu, un joven bushi de la guardia que me agradaba especialmente y hacía que se acelerase mi corazón en su presencia. Me ayudó a volver, mientras conversamos. -“No deberías ser tan traviesa, ya casi eres mayor, tú gempukku es dentro de dos días ¿verdad?” Asentí, observándole en silencio, con una pequeña sonrisa, y guardándome el dolor que sentía en el hombro. -“Ah.., bien. Serás una buena samuraiko, lo sé. Esta tarde salgo para la frontera, es nuestro turno de patrulla, venía a desearte suerte” Sentí pena de repente, todo lo que me ilusionaba se marchaba, no era amor lo que sentía, pero sí un apego profundo por aquél joven. Con el tiempo seguro que cambiaría a ese sentimiento. -“Tu hermana se me ha declarado, eso no es posible, por eso me mandan fuera. La he rechazado” -Así que era eso- Akodo Itsu pasaba bastante tiempo conmigo, dentro del que podía y sospechaba las razones del enfado y reacción de mi hermana, que al parecer se había marchado corriendo. Llegamos al castillo y me llevaron ante mi madre, que estaba furiosa, bajé la cabeza sumisa y aguanté la tormenta que se había desatado. No acusé a mi hermana y ni siquiera la mencioné. -Lealtad- Soporté con estoicismo el castigo impuesto, preparándome para mi gempukku, cuando volviese Akodo Itsu me vería radiante y haríamos guardias juntos, sería estupendo. La noche pasó y la víspera de mi gempukku lo pasé meditando, ultimando mis ejercicios y preparándome para las pruebas a las que me someterían. Llegó el tan ansiado día, estaba muy nerviosa, contenta al fin. Me había despertado temprano y empezado a prepararme enseguida, con mucho tiempo por delante. Me vestí para la ocasión, con ropas elegantes, formales, mi rebelde pelo bien sujeto. Mientras caminaba para encontrarme con mi sensei un mensajero llegó, escuché las noticias que traía. La patrulla había sido asaltada, casi todos habían muerto defendiendo a un gran general, me quedé helada, rompiéndome en pedazos. Tomé entonces la firme determinación de lograr pasar mi gempukku, no fallaría, no defraudaría su memoria. -Sacrificio- Había llegado mi turno, avanzaba por el tatami, observando los rostros que conocía en aquella sala. Mi hermana, con rostro severo pero los ojos acuosos, debía haberse enterado también. Mi madre firme e impasible me miró fijamente, me estiré con orgullo y algo de desafío, asintió satisfecha, pero no ví lo que necesitaba, una sonrisa. Mi sensei, estricta y grave, cuando apenas quedaba para pasarla, una leve, levísima sonrisa, mi corazón se inflamó, era lo último que necesitaba para ese día, ese momento. Me paré y cerré los ojos, saludé formalmente. -“Soy Imishisa, hija de Akodo Arami-sama, hija de Akodo Tsubeju-sama, hijo de Akodo Katsui-sama…fieles samurai, honrados en su día al poder servir a este noble Clan” El viento apenas se movía, nada se pronunciaba, mientras me movía ejecutando las katas, ya había pasado el resto de las pruebas, quedaba esta, al parecer la más importante. Mi katana se movía con rapidez, subía y bajaba, mis pies se deslizaban a la parque mi pecho subía y bajaba al ritmo de mis movimientos. Mis cabellos eran la estela de mi cuerpo siguiéndolo allá donde éste fuese. Ejecutaba cada movimiento sin pensar, mis pensamientos estaban con el recuerdo de vivos y fallecidos, sentía la gentíl mano de Itsu guiándome con su sonrisa, sentía la firme fuerza de mi sensei sujetándome. Un pajarillo apareció en la ventana, un trino, un único trino sonó y entonces me desplacé, moví los pies rápidamente, corriendo, estiré el brazo cuan largo era y como una estela de fuego mis cabellos, mi kimono susurrando, cogí impulso y salté, volé por unos instantes, girando en el aire. La kata era compleja, uní ambos brazos, sujetando la katana, uniendo cuerpo y mente en ese único golpe. Al aterrizar, en cuanto toqué el suelo el golpe estaba ejecutado, preciso, sin mover nada de mi cuerpo, una gota de sudor cayó, pesada como el plomo, cristalina y brillante como un rayo de sol, cayó en mi pie derecho. Había estado recogiendo las gotas que saltaban, nada manchaba el tatami, así como nada manchaba mi alma. -Honor- Fui aceptada, se me pidió un nombre, me erguí por completo, fuerte, enérgicamente alcé la voz para decir con orgullo lo que guardaba dentro de mí. -“Yo soy Akodo Iwame, hija de Akodo Arami-sama, que los Ancestros sean mis guías, que los Ancestros sean mis jueces, que los Ancestros sean la fuerza de mis brazos, que los Ancestros sean mi camino hasta el día que a ellos retorne, a ellos les debo lo que soy, a ellos les devolveré lo que es suyo, a ellos les sirvo a través de sus descendientes hasta mi muerte” -Juramento-
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